En las últimas horas, hemos sido testigos de cómo grupos armados vinculados a Al Qaeda y el ISIS avanzan sobre posiciones del gobierno sirio. Este avance amenaza no solo la estabilidad regional, sino también a las comunidades cristianas protegidas por el gobierno de Bashar al-Assad. Curiosamente, los grupos que en España se autoproclaman patriotas, aquellos que han construido su narrativa sobre el supuesto peligro del yihadismo para Europa, guardan un llamativo silencio. No han dedicado ni un solo comunicado, ni un mensaje público, al hecho de que estos mismos grupos terroristas están arrasando Siria. La incoherencia es evidente: el discurso sobre la defensa de los cristianos y del "Occidente amenazado" queda vacío cuando el enemigo no encaja con sus intereses ideológicos.
Por otro lado, el jacobinismo de izquierdas encuentra en cada fallo de las autonomías una excusa para atacar su existencia. Un ejemplo reciente ha sido el error en los sistemas de emergencia del gobierno autonómico de Valencia. En lugar de proponer soluciones técnicas o cooperativas, se han alzado voces que claman por la eliminación de las autonomías. Sin embargo, este discurso va más allá de una preocupación legítima por la gestión pública; busca aprovechar cualquier resquicio para imponer una visión centralista del país.
No se trata de mantener una "patria unida" en sentido cultural, ni de subsanar problemas administrativos. Se trata, claramente, de un ataque velado a la diversidad lingüística y cultural. La lengua catalana, por ejemplo, no es vista como un patrimonio a proteger, sino como un obstáculo a eliminar. Las escuelas son el campo de batalla para estas ideas uniformadoras, que reducen la riqueza cultural a un puñado de clichés: toros, sevillanas y una visión folclorizada del país que ignora la realidad plural de España.
Resulta irónico que esa misma izquierda jacobina no dude en señalar los peligros del islam o de los movimientos yihadistas cuando le conviene políticamente, mientras calla ante evidencias como las de Siria, donde Occidente sigue apoyando directa o indirectamente a grupos mercenarios que actúan en favor de intereses geopolíticos ajenos a los valores democráticos.
El patriotismo, tanto de derecha como de izquierda, parece diluirse en falsos conceptos. Para unos, es un discurso hipócrita que defiende a Occidente solo cuando sirve para demonizar al "otro" dentro de las fronteras. Para otros, es una herramienta para homogeneizar una diversidad cultural que en realidad enriquece al país. Pero ambos casos tienen un denominador común: un patriotismo más basado en intereses ideológicos que en la verdadera protección de las personas, sus derechos y su cultura.
En definitiva, este episodio nos recuerda que los discursos patrióticos son, muchas veces, máscaras de proyectos políticos centralistas, interesados y desconectados de las realidades que dicen defender.
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